En un rincón perdido de la provincia de Burgos, entre paisajes solitarios y caminos polvorientos, se esconde un pedazo de historia del cine: el Cementerio de Sad Hill. Construido en 1966 para el clímax de la película de Sergio Leone “El bueno, el feo y el malo”, este mítico escenario quedó sepultado bajo la maleza durante décadas, hasta que un grupo de (locos) apasionados decidió devolverle su antigua gloria. Hoy, es un lugar de peregrinación para los amantes del western y del cine en general.

Cuando Leone y su equipo buscaban la localización para el duelo final de su obra maestra, encontraron en la comarca de Arlanza, a las afueras del municipio de Silos, el escenario ideal. Con la ayuda del ejército español, levantaron un cementerio falso con miles de tumbas dispuestas en círculo, creando una imagen icónica que sigue fascinando a los cinéfilos. Pero cuando las cámaras dejaron de rodar, el lugar fue abandonado y poco a poco quedó sepultado bajo la vegetación.

Más de 50 años después, un grupo de entusiastas del cine, organizados en la Asociación Cultural Sad Hill, emprendió una misión imposible: exhumar el camposanto. Con palas, sudor y mucha paciencia, fueron recreando las tumbas, construyendo nuevas cruces y devolviendo al lugar su antiguo esplendor. El resultado es una especie de cementerio de Arlington rural. Su hazaña quedó reflejada en el documental “Desenterrando Sad Hill” (2018), dirigido por Guillermo de Oliveira, que muestra cómo el amor por el cine puede hacer realidad lo imposible. El proyecto se vio respaldado también por una campaña de crowdfunding que premió a los donantes con tumbas personalizadas.

Hoy, Sad Hill no es solo un antiguo decorado de cine. Es un museo al aire libre, un homenaje post mortem a la magia del séptimo arte que te recibe con una silueta en la que reconocemos a Clint Eastwood. Caminar entre sus tumbas ficticias, situarse en el centro del círculo y revivir el legendario duelo mientras suena Ennio Morricone es una experiencia única.