Que yo recuerde, desde que tuve uso de razón, quise ver la película Tiburón. Estrenada hace ahora 50 años, yo acababa de venir a España con mis padres desde mi Londres natal.
En el cole, me hice amigo de otros niños a los que también les fascinaba el cine. De vez en cuando conseguíamos que nuestros padres nos llevaran a ver las extintas sesiones dobles. Uno de ellos, que había ido a EE.UU. a visitar a unos familiares, tuvo la suerte de ver allí Tiburón. Nos habló de la película y se convirtió para mí en una fijación.
Pocos años después, otro amigo la vio en un campamento de verano en la playa. Les proyectaron una noche de cine y, al día siguiente, ninguno de los chavales de atrevió a meterse al agua. No me extrañaría que la elección del filme la hicieran los monitores con el fin de ganarse un día de descanso.
Lamentablemente, no la ponían en la tele que, por aquel entonces, solo tenía dos canales. Y, aunque los sistemas de vídeo caseros se iban expandiendo lentamente por los hogares, sólo unos pocos privilegiados contaban con ellos. Y la oferta de películas era bastante escasa.
Por tanto, ver Tiburón se convirtió en una tarea imposible.
Afortunadamente en 1983 se me presentó la oportunidad. Yo tenía 15 años y estaba en octavo de EGB. Al terminar los estudios íbamos a hacer el viaje de fin de curso y, durante todo el año organizábamos actividades para recaudar dinero. Una de ellas era un cineclub. En años anteriores tuve oportunidad de ver películas como varias del hombre-lobo protagonizadas por Paul Naschy.
En esta ocasión, me apunté al grupo de organización y conseguí incluir en la programación Tiburón. Era una versión en 16 mm, que era el formato del proyector del colegio. Las películas no las podíamos ver de corrido. Se cargaban varios rollos, pero había que interrumpir la proyección un par de veces para cambiarlos.
Las sesiones de cine eran los viernes por la tarde y los sábados por la mañana. A pesar de que soy de naturaleza calmada, la semana que tocaba “mi película” yo estaba nervioso e impaciente. Lamentablemente, el viernes no pude ir (no recuerdo la razón). Pero el sábado, allí me presenté, a primera hora.
De repente, el profesor que se encargaba de proyectar las películas nos dio un aviso: la tarde anterior, el primer rollo de la película se había dañado, por lo que íbamos a ver la película empezado. El hombre quiso quitarle hierro al asunto diciendo que no nos perdíamos nada. ¡No nos perdíamos nada! La fiesta en la playa, la chica metiéndose en el agua y desapareciendo después de varios tirones… ¿nada? Aunque eso lo supe años después, cuando la volví a ver.
Desde entonces, la he vuelto a ver una docena de veces. Y siempre la disfruto mucho. La última, hace pocos meses, la vi con mi hija. ¡Y le gustó mucho!
También leí la novela de Peter Benchley. Recuerdo que me gustó. Y me pareció un acierto que en la película prescindieran del romance entre Helen Brody y Matt Hooper. Y por supuesto, que cambiaran la forma en la que moría el escualo.
Tiburón es una gran película que tiene muchas lecturas. Para mí, el verdadero malo es Larry Vaughn, interpretado por Murray Hamilton con esos trajes imposibles. Esos subtextos, que la hacen especial, faltan en las secuelas. Por eso no funcionan tan bien.
Cuando empecé a escribir estas líneas, pensé que no soy muy friki, que solo tengo una versión de la peli en bluray y otra en DVD. Pero tengo también una lata de galletas con forma de tiburón, que al abrirla suenan los acordes que acompañan la aparición del bicho. Y un felpudo, que tiene un mordisco en una de sus esquinas. Y el libro Joe Alves designing Jaws, editado por Titan Books. Y la joya de la corona: unas figuras de Quinn siendo devorado por el tiburón. Y en breve, caerá el poster de la película. Ya le he reservado sitio en una pared.
Tiburón es una de las películas de mi vida. No la única, pero sí una de las más importantes.